Estaba pensando en que los caminos adecuados son aquellos que se hacen si movemos los pies al ritmo de los latidos del corazón. ¿Pero qué ocurre si, accidentalmente, se me cruza un sol cuya luz hace brotar de mi pecho flores que tienen los colores del atardecer, y la estrella continúa su recorrido, impasible, por el universo? ¿Qué hago con estas flores? Me resulta ridícula la sola imaginación de enfadarme con los astros. ¿Cómo reclamarles que se cuiden de las colisiones estelares, porque alteran brevemente la estructura infinita del universo? ¿Qué hago con estas flores? Se encuentran en manos de las fuerzas de la vida y de la muerte.
¿Pero cómo dejar que se mustien estos atardeceres que desde el centro de mi pálpito brotan, si la naturaleza del latido es el mantenimiento de la vida? Supongo que solo puedo cubrirme la piel con sus pétalos, porque si podemos tener las emociones a flor de piel, ello significa que esta es una flor que abre y cierra sus pétalos en función de cómo se siente ante la existencia. Pues cuando el cuerpo quiere hacerse con algo del mundo, se transforma en apertura:
La pupila es un cuerpo negro en cuya imperfección, al querer conocer algo, se expande con la intención de absorber la máxima luz posible, para así captar algo de una verdad que se nos escapa. El pecho acompasa su pálpito al ritmo de lo que siente como un misterio irresistible. La piel que abre los pétalos dilata su existencia corporal, pretendiendo eliminar los límites fronterizos con aquello que quiere conocer.
Si la piel es una flor, bajo ella se encuentran las raíces. Como si los afectos fluyeran desde lo profundo hacia la superficie y viceversa. Pero no considero adecuado pensar que las emociones son valiosos en función de si se sitúan en la raíz o en el pétalo. Si bien la profundidad es el receptáculo de aquella pasión vital formada por el amor y el dolor que abastecen al mundo de vida, los sentires de la superficie nos permiten movernos con ligereza, dejándonos llevar incluso por las brisas casi imperceptibles dejadas por el vuelo de las mariposas, pero dicen que ese aleteo sutil también mueve caprichosamente los hilos del destino. Los enreda, rompe, separa, borra y fusiona.
Y me dejo llevar por el peso de la raíz que se dirige imparable hacia lo más hondo. Y me dejo llevar por la ligereza del pétalo que desea explorar los caminos del aire. El latido, la piel y los ojos se me vuelven anaranjados. Pero la noche llega prematura e intento asir con las manos aquellos atardeceres que se me caen. Consigo sostener algunos, solo para dejarlos reposar amorosamente en el suelo. Se apagan, y queda entonces el pálpito evocado en mi pecho, pues la danza es la memoria del corazón.
Deja tu comentario